Nueva York, 1931. Charlie Lucky Luciano estaba furioso. Su jefe, Joe Masseria (The Boss), perseguía con ferocidad a los castellammarenses de Brooklyn. Deseaba exterminarlos. Y la guerra estaba costando dinero. Los camiones encargados de transportar el alcohol ilegal eran boicoteados sistemáticamente por la banda rival. Incluso otras familias del crimen organizado se habían visto obligadas a intervenir en un conflicto que se convirtió a gran escala. Stefano Maggadino, de Búfalo, enviaba semanalmente cinco mil dólares a Salvatore Maranzano (padrino de los castellammarenses de Brooklyn). Mientras, Al Capone, en Chicago, se congraciaba con Masseria, eliminando a una figura emblemática de los castellammarenses como Joseph Aiello. En definitiva, interpretaba Lucky Luciano, los prejuicios sicilianos tanto de Masseria como Maranzano, incapaces de firmar la paz y restablecer el negocio, estaban abocando a
Así las cosas, Luciano se citó con Masseria en un restaurante de Coney Island, donde ambos departieron amistosamente durante la comida. Se excusó para ir al cuarto de baño, y aguardó a que unos verdugos contratados por él mismo irrumpieran en el establecimiento para disparar a bocajarro contra quien hasta ese instante había sido su jefe. La operación había sido un éxito. Cuando la policía lo interrogara él siempre podría contar, sin necesidad de amañar los testimonios, con las declaraciones de los camareros, que corroborarían que Luciano no se hallaba en el escenario del crimen en el momento en que éste se produjo. El precursor de
A
Es decir, que...
Sánchez Manzano puede permitirse afirmar una cosa y la contraria en referencia al explosivo que estalló en los trenes el 11-M, que siempre existirá algún juez que haga la vista gorda.
Sánchez Manzano puede custodiar de forma irresponsable unas muestras recogidas en los trenes que, como afirma Luis del Pino, “desaparecieron a centenares”, ya que siempre habrá algún tribunal que decida ponerse una venda en los ojos.
Sánchez Manzano puede desatender su obligación de enviar dichas muestras a Policía Científica para el pertinente análisis químico, puesto que siempre existirá algún magistrado dispuesto a sacarle las castañas del fuego.
En definitiva…
Sánchez Manzano puede hacer y deshacer, decir y desdecirse, ya que, se ponga como se ponga Javier Gómez Bermúdez, aquí nadie termina marchando “caminito de Jerez”.







